Las certezas #1

–Así que viste un cerco de vaso en la mesa.
–Sí, un cerco grande, como de una copa de coñac.
–Había un cerco de copa de coñac y por eso crees que te engaña.
–Era un cerco y me engaña.
–Deberías preguntarle.
–¿Por el cerco? ¿Y qué le digo? ¿“He visto un cerco y creo que me engañas”?
–Bueno, yo creo que lo mejor es decirle que has visto el cerco y que prefieres saberlo antes que sospechar.
–No sospecho que me engaña; SÉ que me engaña. Había un cerco sobre la mesa, un cerco de más, porque yo estaba de viaje y ella estaba, o debía estar, sola.
–Un cerco de más. Supongo que eso quiere decir algo.
–Quiere decir que me engaña. Quiere decir que bebe coñac con alguien que no soy yo, porque yo no estaba, y que luego friega las copas para que yo, que soy quien no debe saberlo, no me entere.
–A veces, desconfiar nos despierta ideas que no son reales.
–El cerco es real. La copa es real. Que yo no estaba es real.
–Lo que quiero decir es que el miedo a que lo que creemos sea cierto genera pensamientos exagerados, o falsos, o falsos y exagerados.
–El cerco no es exagerado. Es exactamente el cerco que deja una copa de coñac en una mesa limpia. Sería exagerado si hubieran tomado champán y el cerco fuese de una copa de vino, o si hubieran bebido vino y el cerco fuera de un vaso de whisky. Cuando bebes coñac y el cerco es de una copa de coñac, no hay nada exagerado.
–Insisto en que deberías preguntarle.
–No se habla de cercos con alguien a quien quieres. No se habla porque, a lo mejor, simplemente reconoce que ese cerco estaba de más y, entonces, ¿qué haría yo? ¿Volvería a leer mi periódico mientras admite que me engaña? ¿Encendería la televisión? ¿Me mordería las uñas? ¿Qué se supone que debe hacer alguien que confirma un dato que teme?
–Hasta ahora, todo lo que tienes es un cerco.
–Tengo un cerco y una certeza, y la certeza es más fuerte que el cerco. La certeza del cerco me da la razón.
–Pregúntale por el cerco y sal de dudas. Temer que el cerco siga ahí cada mañana que te levantas es peor que afrontar cualquiera que sea su explicación.
–Eso lo dices porque el cerco está en mi mesa y no en la tuya. ¿Acaso has tenido cercos de más en tu casa?
–No, y si los he tenido, nunca los he contado. La verdad es que siempre que he visto cercos los he considerado casuales.
–¿Qué insinúas?
–No sé; puede que te estés obsesionando. Puede que ese cerco lleve meses en la mesa, o incluso todo vuestro matrimonio.
–Creí que querías animarme, darme una solución a un problema.
–Y así es.
–Pues no me ayudas nada cuando sugieres que lleva engañándome todo nuestro matrimonio. Me gusta pensar que el cerco es nuevo, que la causa está cerca.
–En ese caso, pregúntale.
(...)
–Odio los cercos. Dan sensación de descuido, ni siquiera de suciedad.
–Tienes razón. Los cercos sobre mesas bonitas son asquerosos.
* La foto es de www.tabletools.com.

Flanagan dijo
Eres cara de ver. Una lástima. Que pases un buen verano, un saludo.
1 Agosto 2005 | 12:02 PM