Reflexonomía podal

Del mismo modo que los zapatos enamoran, los pies, a veces, asustan. Son dos, y aunque por simetría y carácter debieran parecerse a las manos, no reciben, ni de lejos, una atención tan pormenorizada. Así por ejemplo, millones de personas en el mundo se muerden las uñas de las manos, pero muy pocas se atreven –probablemente, por motivos de flexibilidad– a morderse las ídem de los pies. ¿Asco? Un primer vistazo lógico del asunto arroja dudas sobre las razones: mientras que las manos están expuestas a todo tipo de bacterias y contactos indeseables, los pies viven en un iglú de protección y mimo, abrigados en invierno por calcetines gruesos y calzado robusto, sobrellevan el verano con algo de indefensión por culpa de las sandalias, que tanto daño e insensibilidad acarrean al meñique.
Por tanto, considerar más higiénica la palma de la mano que la planta de un pie no es más que la herencia de una época, la Prehistoria, en que ir descalzo era obligación y no moda, porque, pese a que los pies son de nuestra anatomía la parte más próxima al suelo, su envase permanente los convierte en criaturas débiles, propensas a pisotones, herpes y patadas, todo lo cual conduce a pensar que, en cuestión de siglos, serán pasto de las teorías darwinistas.
Decaído en importancia por permanecer debajo tras la emancipación del Homo Sapiens, el pie resiste sin holgura una época de desprecio, que se refleja en el lenguaje popular y que demuestra hasta qué punto denostar es un deporte. "Es más feo que un pie" encierra en seis palabras un sentir que nace desde dentro, una idea que condena al sujeto a un campo de exterminio situado más allá de la comprensión de los aceptables o de los benévolamente considerados menos guapos. Es una sentencia atemporal, que salta entre generaciones para describir a quienes nunca tendrán sitio en el corazón de quien la pronuncia.

Por su parte, "Me toca un pie" expresa el desdén en su forma más campestre. La chulería se refiere a una parte del cuerpo sin ton ni son, sin que la ubicación de esa parte justifique el afán degradante. Versión sin duda más grosera es "Me suda el pie", pero, en este caso, la literalidad gana al sentido figurado y lo único que se pretende es mostrar el grado de calor inhumano que da la playera.
"Pie de atleta", "pies de barro" o "pies negros" designan tres estatus distintos. El primero, aunque parezca ennoblecer a su poseedor, implica un padecimiento que sólo la botica cura, y que nace de "Me suda el pie". Los pies de barro desprestigian, humillan, y se emplean con frecuencia para transformar a héroes en fracasados. Los pies negros delatan origen social, y, en estos tiempos, formas de entretenimiento cercanas al botellón, Bebe y el diábolo.
Sólo me queda reivindicar el pie como figura imperfecta que llena de léxico nuestro argot, escaso de términos medios (se prefiere la palabrota para denominar lo odiado, y el epíteto, para ensalzar lo querido). El pie se mira cuando hay vergüenza, aburrimiento, arrepentimiento, cuando no se comparte el dolor de los demás pero se está entre ellos, y el bochorno de marcharse es superior a la fuerza de permanecer allí, con la vista perdida en un empeine. El pie es un refugio, un lugar al que llegamos sin pensarlo, un oasis para los diseñadores y una forma de vida para los podólogos. El pie, amigos, es movimiento, constancia, y merece tanto amor como una oreja o el cuero cabelludo, superficies que lo aventajan en lociones y cuidados. Demos vida al pie, compañero inseparable, amigo a distancia, territorio del callo.
