Me puede pasar a mí
“Montse, lo tuyo con los pies es una obsesión.” Así se pronunció el marido después de que su mujer se probase el quinto par de zapatos.
Frases como ésta sacan a cualquiera de una ensoñación; incluida a mí, que gozo escuchando las sentencias lapidarias de pareja. Y es que Montse padece, como yo, un mal de muchas, poco apreciado por nuestros pares, pero que no es sino marca de carácter: el amor al vestido del pie.
El zapato me priva –como a Montse– de una forma diferente a cualquier otro vicio que yo haya podido tener, porque saca de mí una posesión casi infernal que el destino quiere que sea para terminar gastando y no asesinando a mi vecina del tercero. Quizá sea por los colores, o tal vez porque los pies son de una lo que más se mira al caminar (ojalá fuera yo de esas que llevan la cabeza alta y afrontan la línea del horizonte con la seguridad de un corredor de fondo). Aunque me encantaría saber la causa, sólo puedo decir que los zapatos me llaman, y que las zapaterías son un paraíso comercial donde mi cartera se rebela contra sus automáticos, impelida como nunca a liberar mi Visa de las ataduras mentales que la secuestran delante de escaparates de jamonerías, tiendas de teléfonos móviles o body shops, comercios de otros ramos hacia los que, en general, sólo siento un eventual cosquilleo dirigido a gastar calderilla; diez euros a más decir.
Por eso, Montse, quiso el mismo lugar que yo escuchara a ese esposo que no te entiende, que no distingue un piso de goma de un adoquín, y que sigue creyendo que el calzado de Villena tiene la misma calidad que las cangrejeras de un todo a un euro. Entre Montse y yo, entre una entregada a la planta del pie y yo, nació de repente una empatía distinta, y en sus ojillos vi que, finalmente, se decidiría por una zapatilla de esparto, básica, primaria, pero siempre funcional, en lugar de por la alpargata de suela de caucho. Su gesto, con el que me obligó a contener la sonrisa de complicidad que mi entendimiento brinda espontáneo cuando me pasan estas cosas, me llenó de orgullo. Su marido, que buscaba con los ojos una sombra de mercadillo, negó con la cabeza cuando me vio salir del tumulto junto a su Montse, con quien, además de la devoción a los pies (cada una a los nuestros, por supuesto), comparto el número: 39 europeo. ¿Se puede pedir más?
* La fotografía es de Chema Madoz (un grande), y la he sacado de www.arte10.com.
