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La Coctelera

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9 Julio 2005

El insulto: teoría y práctica

He estado pensando en eso de los insultos. Insultar es un deporte, una satisfacción, un privilegio del pobre, un premio de consolación. Se insulta al conductor que convierte su maniobra en un atentado contra nuestro coche, a la batidora que presuntamente batía y ha dejado de hacerlo, al chino que te vende un paquete de pan bimbo caducado. Insultamos al jefe, para nuestros adentros o con el refuerzo positivo de los compañeros; a los jugadores del equipo contrario; al amigo que consigue un trabajo mejor que el nuestro; al ex amigo que seduce a una ya ex novia. Nos liberamos insultando a la cajera que, tras horas y horas de contacto con monedas, nos devuelve de menos; al cajero automático que nos obsequia con un billete de 50 € más falso que la dentadura de José Luis López Vázquez; a los criminales que salen en las noticias (los otros, para su tranquilidad, no suelen ser insultados). ¡Qué decir de los árbitros!, hombres y mujeres cuya reputación más o menos ilustre se consolida sobre montañas de insultos, que, a veces, se caracterizan por proceder de personas que padecen peores defectos –psíquicos y físicos– que ellos.

El insulto no responde al pataleo; es el pataleo, la fórmula más rápida y gratificante de cagarse figuradamente en los parientes de quien por un instante (o quizá durante toda la vida) merecerían según nuestro criterio ser el blanco de una catástrofe nuclear.

En el insulto hay ira, pero también hay dolor, sentido del fracaso, rabia y un componente enorme de impotencia. El insulto es universal, y su objeto puede ser tan animado como una suegra o tan falto de circulación sanguínea como un martillo, y en esa homogeneidad reside su fuerza, su potencial.
Insultar es al disgusto lo que el yoga al tantra: una preparación, un paso previo. Insultar es entrenarse, asumir la pérdida, la derrota, el hecho de que hay uno –o muchos– mejores que tú.

Ahora bien, si el insulto sirve para dejar de sufrir, y se insulta sin mesura (gracias a que aún hoy el insulto es gratuito); si insultamos porque sí o porque la ocasión y/o la persona bien vale un insulto, ¿por qué nadie insulta a la cara de la mujer o el hombre que lo engaña? Si se insulta a sujetos tan indefensos como los muertos, los dueños de perros sin nombre o los taxistas, ¿por qué, en el momento de "Perdóname, pero me he acostado con tu amiga Nines" (hay quien sostiene que Nines es nombre de puta), sólo llega a nuestra lengua la interjección vacía ("¡¡Joder!!"), el aspaviento insignificante ("¡Lo sabía!"), la justificación de los humillados ("Desde el principio tuve claro que eras demasiado bueno para mí")?
¿Qué le falta a la traición amorosa para llenarnos la boca de palabras malsonantes, para empujar al pequeño Adolfo de nuestros adentros y golpear el ego hinchado del traidor con los insultos que luego jamás reconoceremos haber dicho?

La falta de valor y una súbita bajada de autoestima (similar en consecuencias a las bajadas de glucosa) son, sin duda, la causa de este respeto propio de quien nunca encuentra la palabra que busca para describir cualquier cosa. Por eso hoy, después de haber disfrutado de la película No sos vos, soy yo, recomiendo con gusto insultar a quien te pone los cuernos, y más todavía: sugiero hacerlo en caliente, con el golpe de voz aguda que la tensión imprime al berrinche, y disfrutar de un rato donde los traidores deben sentirse tan mal como no recuerden, tan fatal que no puedan olvidar.

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