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Terra
La Coctelera

Los miedos #2

Sé muy bien en qué estás pensando. Crees que no entiendo nada, que no te escucho cuando hablas, que nunca comprenderé una sola cosa de las que tienes que decirme. Sé que hace tiempo perdí tu confianza, que ya no es lo mismo despertarse conmigo y que ilusionarse parece un verbo para los demás.

Sé todo eso y soy capaz de adivinar unas cuantas cosas más, porque a pesar de estar lejos de esta habitación, sigues siendo transparente. Adivino que me odias un poco: por haber sido y no ser ya; por dejar de ser cuando me necesitabas; por no poder prometer volver a ser. Adivino que me echarás de menos porque nadie puede hoy negarse al duelo de un abandono, pero es un orgullo saber que sólo serás una víctima para los demás.

Ojalá nunca extrañes mi voz, mis camisas sin doblar, mis zapatos con cordones desiguales. Ojalá el tiempo me arranque a tus días como las hojas de un calendario caduco. Ojalá no sientas mis palabras y no las releas. Ojalá quemes esta nota en un fuego improvisado, con llamas de verdad.

* La foto es de http://gallery.hd.org/_c/natural-science/flame-yellow-on-burning-paper-1-DHD.jpg.html.

Material de oficina #1

Escena 1
Interior día. Vagón de Metro atestado; gente que vuelve a casa y suda, que afronta con resignación lo que queda del día.

Una chica descansa la vista en el fondo negro del túnel. Es morena y está agotada, y de su falta de costumbre para sonreír resulta una sospechosa ausencia de arrugas alrededor de los labios. Piensa en el día de antes y en los días de después. Recordando sus tareas, súbitamente se da cuenta de que ha dejado sin apagar su ordenador de la oficina. Allí, el salvapantallas muestra un acuario artificial, donde el pez grande nunca se come al más pequeño; donde las plantas del fondo son azules y, cada veinte segundos, un submarinista acerca las gafas a quien se sienta enfrente.

Escena 2
Exterior noche. Boca de metro en un barrio de la ciudad.

Diez estaciones y un transbordo más tarde, la chica ha salido a la superficie, despeinada como una sólo puede estarlo tras su jornada de trabajo. De un bolso pequeño acomodado entre su axila y el brazo izquierdo, saca con habilidad un móvil muy moderno, donde la marcación rápida enseguida la pone en contacto con alguien.

CHICA: ¿Luisa?
LUISA: Sí, soy yo. ¿Quién eres?
CHICA: Soy Marta, de Servicios Financieros.
LUISA: Tras un silencio algo incómodo. Ah, hola, Marta.
CHICA: Perdona que te moleste. Se ve que te ha tocado quedarte hasta tarde.
LUISA: Ya sabes; nunca es tarde para esta empresa. Espero irme en una hora o así.
CHICA: Ah, a ver si hay suerte. Un momento de vacilación y timidez interrumpe su discurso. Verás, es que me he dajado el ordenador encendido. ¿Te importaría apagármelo?
LUISA: Vale, pero necesito tu clave.

La chica duda. Movida por un impulso de su niñez, experimenta las ganas de colgar y dejar a Luisa, esa compañera tan poco simpática, con la palabra en la boca. Al fin, decide seguir adelante con su petición de favor.

CHICA: Sí, claro. Pero no te rías, eh. Lo comenta mirando al suelo mientras habla.
LUISA: Venga, anda.
CHICA: Oreja100. Lo dice en un susurro, apenas audible entre los cláxones de la ciudad.
LUISA: ¿Cómo? No te he entendido.
CHICA: Oreja100. Esta vez, chilla por encima de su tono de siempre.

Luisa se ríe entre dientes, con nada de disimulo para esconder su sorpresa.

CHICA: Joder, te he pedido que no te rieras.
LUISA: Por primera vez, se percibe en sus palabras un minúsculo atisbo de empatía. No, no; no te preocupes, si la mía es "mierda2".

* La foto está sacada de www.epkphoto.com.

Los miedos #1

Cuarenta y cinco días más tarde sigo siendo la misma persona; en pijama, pero sigo siendo yo. He buscado la forma de contar esto en un idioma que haga que no me afecte, que las palabras sean de otros y por tanto permitan a mi historia escaparse de mí, que me la roben, pero no encuentro en el mundo un abecedario que no sienta. Así que he decidido volver a empezar, ahora que nada ha terminado y, por tanto, el final de la página no tendría por qué significar el final de las cosas.

Lo hice mal, me equivoqué, y los errores de bulto tienen en gente como yo consecuencias fatales, porque tiendo, y eso ya lo pensaba mi madre, a sobrevalorar esas emociones que a los demás les pasan inadvertidas. Un "¡ay!" es en cualquiera el resultado del pisotón de la hora punta, el pinchazo de una espina rebelde o el dolor puntiagudo de un pellizco poco oportuno. En mí… En mí es siempre algo con mayúsculas, una exageración, el pie para una novela o incluso una tentativa de suicidio. Lo reconozco: soy débil, y mis catástrofes me refugian mucho más que las paredes. Huyo del fracaso porque siempre me ronda, y nadie sabe, como sí sé yo, que la amenaza de una sombra produce dolores mucho más profundos que cualquier agonía.

Desde que aquello pasó, y pasó porque yo lo recuerdo, no podría salir a la calle ni aun siendo invisible. Temo al viento, a los ecos de voces que recorren las calles de la ciudad. Temo al pronóstico del tiempo, al portazo que no deja ver, a las personas que no saludan ni para responder a los adioses de otros, al vecino que en la intimidad de un ascensor niega incluso los monosílabos. Tengo miedo, y el miedo, de tanto estar, ha empezado a gustarme por ser tan buen compañero, porque se queda a pesar de que desde que llegó le sugerí que debía marcharse.

Hoy he perdido en el camino la carne de gallina; ya no se me eriza el vello, ya no me tiemblan las piernas, no titubeo por la falta de confianza y el fracaso ha dejado de suponer aquellas náuseas que hace algunos años paralizaban desde el primero hasta el último de mis nervios. El miedo no está en mí porque el miedo es yo, porque me ha convencido y ya camino con él. Tengo miedo; sí, pero nada lo evidencia dadas las circunstancias de miedo superlativo. El miedo se me comió, porque ahora sólo pienso en no volver a repetir aquello que hizo crecer el pánico como un sol cuando amanece.

Cierro los ojos y lo veo, veo aquella tarde noche de domingo en que tanta gente esperaba que yo acertase; aquella tarde noche en que tanta gente se fue a casa sin conseguir lo que buscaba. Es terrible sentir sobre la espalda el peso de diez mil deseos. La alerta de su incertidumbre se cuela hasta el fondo de uno como si uno le hubiese abierto las puertas, y entonces no hay nada que hacer excepto ver la propia equivocación, a cámara lenta y de una manera tan intensa que parece que, en vez de protagonista, se es espectador.

Lo hice. Lo intenté y fallé, y después de aquello nada volvió a ser como era y decidí que mi ridículo merecía mucho más que unos días de arrepentimiento, por lo que consideré justo no volver a salir de casa hasta que el tiempo me dé la oportunidad de ser olvidado. Quiero para mi horrorosa puntería un indulto que sólo la generosidad puede darme. Quiero que haber lanzado el balón al cielo en aquel penalti en una tarde noche de domingo sea pronto un recorte borroso de periódico antiguo, y que el miedo, mi compañero, se marche para comerse a otro con un cuerpo tan lleno de fracaso como el mío.

* La foto es de don Ignacio, que me cede el vértigo en todos los parques de atracciones.

Las certezas #1

–Así que viste un cerco de vaso en la mesa.
–Sí, un cerco grande, como de una copa de coñac.
–Había un cerco de copa de coñac y por eso crees que te engaña.
–Era un cerco y me engaña.
–Deberías preguntarle.
–¿Por el cerco? ¿Y qué le digo? ¿“He visto un cerco y creo que me engañas”?
–Bueno, yo creo que lo mejor es decirle que has visto el cerco y que prefieres saberlo antes que sospechar.
–No sospecho que me engaña; SÉ que me engaña. Había un cerco sobre la mesa, un cerco de más, porque yo estaba de viaje y ella estaba, o debía estar, sola.
–Un cerco de más. Supongo que eso quiere decir algo.
–Quiere decir que me engaña. Quiere decir que bebe coñac con alguien que no soy yo, porque yo no estaba, y que luego friega las copas para que yo, que soy quien no debe saberlo, no me entere.
–A veces, desconfiar nos despierta ideas que no son reales.
–El cerco es real. La copa es real. Que yo no estaba es real.
–Lo que quiero decir es que el miedo a que lo que creemos sea cierto genera pensamientos exagerados, o falsos, o falsos y exagerados.
–El cerco no es exagerado. Es exactamente el cerco que deja una copa de coñac en una mesa limpia. Sería exagerado si hubieran tomado champán y el cerco fuese de una copa de vino, o si hubieran bebido vino y el cerco fuera de un vaso de whisky. Cuando bebes coñac y el cerco es de una copa de coñac, no hay nada exagerado.
–Insisto en que deberías preguntarle.
–No se habla de cercos con alguien a quien quieres. No se habla porque, a lo mejor, simplemente reconoce que ese cerco estaba de más y, entonces, ¿qué haría yo? ¿Volvería a leer mi periódico mientras admite que me engaña? ¿Encendería la televisión? ¿Me mordería las uñas? ¿Qué se supone que debe hacer alguien que confirma un dato que teme?
–Hasta ahora, todo lo que tienes es un cerco.
–Tengo un cerco y una certeza, y la certeza es más fuerte que el cerco. La certeza del cerco me da la razón.
–Pregúntale por el cerco y sal de dudas. Temer que el cerco siga ahí cada mañana que te levantas es peor que afrontar cualquiera que sea su explicación.
–Eso lo dices porque el cerco está en mi mesa y no en la tuya. ¿Acaso has tenido cercos de más en tu casa?
–No, y si los he tenido, nunca los he contado. La verdad es que siempre que he visto cercos los he considerado casuales.
–¿Qué insinúas?
–No sé; puede que te estés obsesionando. Puede que ese cerco lleve meses en la mesa, o incluso todo vuestro matrimonio.
–Creí que querías animarme, darme una solución a un problema.
–Y así es.
–Pues no me ayudas nada cuando sugieres que lleva engañándome todo nuestro matrimonio. Me gusta pensar que el cerco es nuevo, que la causa está cerca.
–En ese caso, pregúntale.

(...)

–Odio los cercos. Dan sensación de descuido, ni siquiera de suciedad.
–Tienes razón. Los cercos sobre mesas bonitas son asquerosos.

* La foto es de www.tabletools.com.

Velocidad igual a


Si hay algo verdaderamente irritante de la Modernidad es el tándem espacio-tiempo. La imagen de alguien perdiendo un minuto de su vida en contemplar la esfera de su reloj recién comprado, la espera de un tren en un andén vacío sin que nadie acuda a despedirte, el comentario que, en esta misma página, se queja de la extensión de los textos, una siesta, la duración de una película, la resaca de un bostezo, un trago demasiado rápido a cualquier bebida gaseosa.

Reconozco al tiempo la habilidad de hacerse pasar por relativo, pero esta característica suya no es del todo real. Un beso es siempre breve, porque, si no, deja de ser un beso. Una bronca es siempre larga, por muy pocas sílabas que tengan los insultos y por mucha prisa que se den en bajarnos la autoestima. Un sueño perfecto es corto si despiertas, pero una pesadilla dura demasiado, incluso si sólo consiste en bajar un escalón y ser incapaz de hacer pie. El sexo suele ser corto, más o menos abundante, pero corto. Las comidas familiares y las vacaciones con los padres son interminables, y de ellas lo único que se puede contar es que estás deseando que terminen; todo lo contrario que un postre o las patatas fritas –que la mayoría dejamos para el final–, que nos gustaría que durasen, si no para siempre, sí un buen rato.

No hay en estas situaciones nada de relativo. Todas son el resultado de la coincidencia, de la experiencia compartida, y todas dependen, sin excepción, del momento y del lugar en que se producen. Unas vacaciones no son lo mismo si uno se queda en casa, pero si se marcha a seiscientos kilómetros, un mes cunde para todo el año. El hipo es incómodo, desagradable y nada oportuno porque se manifiesta en instantes donde llega a causar vergüenza y, además, se queda horas en nuestro interior. Un libro interesante se acaba enseguida porque el ansia es en el ser humano superior a la voluntad de transformar el autocontrol en dosis. Esto nos lleva directamente del espacio y el tiempo a la paciencia, que se carga cientos de cosas agradables sólo porque “necesitamos” conocer el final. Que adivinen nuestro futuro nos gusta, y querríamos que las profecías durasen tanto como para hacernos inmortales, pero sólo acudimos a una lectura de tarot porque nos consume la ambición de conocer si al día siguiente un coágulo nos taponará la vena cava y nos llevará al ataúd o si arrebataremos –con justicia, por supuesto– el ascenso a Gómez.

El tiempo y el espacio son dos variables creadas para atormentar al ser humano, aunque también para ayudarlo a clasificar lo bueno y lo malo, de forma que elegir sea para nosotros menos horrible. Al tiempo hay que agradecerle que persista, que sobreviva a las personas que se empeñan en dominarlo, que se pueda contar con él como con los borrachos que cierran un bar. El espacio es el papel de regalo, la epidermis de lo que es nuestro, y de modo habitual se hace costumbre.

Espacio y tiempo son para quien escribe dos buenísimas excusas para no hacerlo (“No tuve tiempo” o “No me llevé el ordenador”).

* La foto de los relojes y la de la fórmula son de www.pbs.org/wgbh/ nova/time/through.html. El dibujo es de www.wkozak.com/ DigitalDrawings.htm.

Quisiera ser un seis

Lo he vuelto a hacer. He vuelto a reírme de mi madre. No es que no la quiera, ni tampoco que piense que lo merece; es sólo que a veces hace cosas demasiado buenas para contenerse. Tragarse una carcajada seguro que produce el mal de Ashburn o cualquier otra enfermedad aún por investigar, y esas que están sin tratar son las peores, porque a nada te sacan en el telediario y entonces te pasa como a mi madre, que antes que compadecerse de ti, se ríen.

El caso es que a mi madre le encanta llevarse a mi padre de compras, y lo lleva a él porque mis hermanas y yo decidimos que invitarnos a cenar no era recompensa suficiente por recorrer con ella las peores tiendas de la ciudad. Con un gusto textil como el suyo, aún me pregunto de qué familiar remoto serán mis genes. Mi padre disfruta combinando azul y verde y rayas con cuadros, y mi madre ama las camisetas de lentejuelas, los calados y el rayón. Ninguno es un ejemplo a seguir; sobre todo, porque jamás miran la composición de lo que compran y porque suelen comparar la ropa de los cantantes con la suya. La verdad es que a veces me gustaría que renunciasen a ir a las rebajas y se pasaran a la compra por catálogo, donde ninguna dependienta tendría que morderse la lengua ante su falta de gusto y su absluto desprecio por la moda.

No me entiendan mal; no quiero que esto suene frívolo, porque yo adoro a mis padres. Ellos tienen cientos de cosas buenas, y hay pocos aspectos de sus vidas que servirían para chantajearlos, pero la ropa es uno de ellos.

La cuestión es que mis hermanas y yo decidimos no volver a opinar sobre sus compras, y mucho menos, ser sinceras si ellos se atrevían a preguntarnos. De todas formas, los hijos siempre tienen el 90% de probabilidades de dar la respuesta equivocada a sus padres. Está relacionado con la evolución, con el salto generacional o con el simple hecho de que discutir por estupideces es la sal de la vida familiar.

Resulta que mi madre se llevó a mi padre de compras –creo que eso ya lo había dicho antes–, y estuvieron todo el día dando vueltas de tienda en tienda. Mi madre, que suele coger todo lo que cree que puede comprar y termina comprando sólo aquello que cree que podrá pagar, estuvo a punto de perder a mi padre en un centro comercial con cafetería, porque él prefirió quedarse tomando un zumo y un cruasán a ver su desfile de faldas horrorosas. Por supuesto, mi padre no le dice esas cosas a mi madre, porque entonces ella le echaría en cara lo del azul con el verde y las rayas con cuadros, y entrarían en una discusión de esas que los filósofos consideran imposibles de solucionar, dado que ninguno tiene razón o, al menos, no hay uno de ellos capaz de demostrar más razón que el otro. Mi padre se durmió en la cafetería y el dueño cerró con él dentro, y mi madre creyó que lo habían raptado o que la había abandonado tras casi cuarenta años de próspero matrimonio. Avisó al guardia de seguridad, a su amiga Lourdes y a todas nosotras, y ninguna llegó antes de que mi padre saliera por su propio pie, usando la puerta de atrás, de la cafetería.

El caso es que ese día mi madre compró algunas cosas para el verano, época en la que, a partir de la talla 42, vestirse con decencia cuesta algo más que dinero. De todas sus adquisiciones, he de reconocer que la menos impactante era un traje de lino de color entre pistacho y amarillo ácido del que se sentía muy orgullosa por haberlo comprado a la mitad de su precio original. Mis hermanas y yo coincidimos en que, para haberlo elegido ella, no estaba tan mal, e incluso alguna de nosotras comenzó a albergar la esperanza de que su perenne deseo de meterse en la ropa más fea de un gran almacén se disiparía con la edad. ¿Había algo mejor que una madre jubilada y estilosa? Para nosotras, fashion victims declaradas, orgullosas de regalarle a cada empleado de Visa algún que otro céntimo de sus objetivos, aquélla era una noticia genial, y abría un auténtico universo de posibilidades: que pudiera, por fin, regalarnos ropa de cumpleaños; que las vecinas dejaran de bajarse las gafas de sol para verificar los tonos de su vestido; que terminasen las miradas de "pero ¿tú te has visto?" que nos dedicaba cada sábado por la noche...

Pero mi madre es como anotar un cinco y después rodearlo por debajo miles de veces para hacer que parezca un seis: por mucho que recorras la panza del supuesto seis, aquello seguirá siendo un cinco, y cualquiera que lo mire dirá "mira, ha puesto un cinco". Lo que quiero decir es que mi madre es un cinco, por mucho que de casualidad a veces parezca un seis.

Lo que importa para poder acabar esta historia es que se puso su traje de lino entre pistacho y amarillo ácido y, por primera vez en muchos años, decidí que salir con ella del portal podía no darme tanta vergüenza, así que nos marchamos juntas. Tal era mi felicidad por poder compartir su repentino paso a este lado del vestir, el lado en que mirarse al espejo es gustarse y no decepcionarse, que le propuse invitarla a desayunar. Mi madre, que no cuestiona nuestros cambios de parecer porque los achaca a la parte de su suegra que, por desgracia, habita en todas nosotras, se mostró encantada de pasear su modelito por el barrio, y enseguida me cogió del brazo, como si yendo más juntas se llegara antes.

Fuimos a una cafetería de barrio donde los camareros hablan poco. Yo lo prefiero, porque cuando alguien que no conozco se empeña en darme conversación, lo paso fatal hasta que consigo demostrar que no me interesa nada lo que dicen. Por eso ese lugar es perfecto para entrar con tu madre y que nadie comente, aun cuando repare en ello, que por fin ha dejado de darle la espalda a las tendencias.
Estuvimos desayunando tranquilamente, aunque es verdad que mi madre tenía prisa por marcharse a la peluquería, no fuera a ser que se le colaran todas las amas de casa del barrio y, de tanto estar sentada de esperar, se le arrugase el lino. Estábamos comentando la rabia que da que las telas más cómodas y saludables sean al tiempo las más delicadas –momento en que discrepamos por culpa del rayón–, cuando un grupo de unos diez hombres entró en el bar. Todos llevaban trajes de faena entre pistacho y amarillo ácido, y todos, como si un radar a su espalda hubiera detectado la presencia de una camarada no prevista, se giraron para ver a mi madre. Se hizo un silencio tan incómodo como el de toparte en un vagón de metro con alguien que lleva tu misma camiseta y no ser capaz de moverte más allá de dos metros para separarte de vuestra falta de originalidad, y mi madre decidió que aquello era demasiado humillante como para seguir prestándole atención y me sacó de allí casi a rastras.

Es verdad que los trajes eran muy parecidos, y que mi madre dejó de repente de ser un posible seis a ser un auténtico cinco, y también es cierto que no comentar los bochornos jamás hace que desaparezcan. Sin embargo, mi madre salió del bar aludiendo a lo desagradables que son los establecimientos hosteleros llenos de humo, y hasta dio la impresión de no sufrir lo más mínimo cuando pasamos junto a la furgoneta de la que habían salido aquellos hombres, donde su capataz guardaba herramientas vestido entre pistacho y amarillo ácido.

Mi madre ha colgado su mejor traje al fondo del armario y, por la forma en que ha dejado de hablar de él, mis hermanas y yo creemos que nunca lo volverá a sacar. La única razón por la que no lo tira es porque sólo el hecho de ver a algún indigente con su lino superaría la desgracia de ir vestida como una cuadrilla de conservación de parques y jardines.
La pregunta es ¿por qué la vergüenza –como el gusto– tarda tanto en despertar? ¿Por qué, cuando lo hace, una se siente como si olvidar aquello fuese imposible? Es mejor no preguntarle a mi madre, que ha vuelto a los calados y las lentejuelas, único refugio ya de su rubor.

* Las imágenes son de www.flickr.com (el cinco) y www.acclaimimages.com (el dado).

Reflexonomía podal

Del mismo modo que los zapatos enamoran, los pies, a veces, asustan. Son dos, y aunque por simetría y carácter debieran parecerse a las manos, no reciben, ni de lejos, una atención tan pormenorizada. Así por ejemplo, millones de personas en el mundo se muerden las uñas de las manos, pero muy pocas se atreven –probablemente, por motivos de flexibilidad– a morderse las ídem de los pies. ¿Asco? Un primer vistazo lógico del asunto arroja dudas sobre las razones: mientras que las manos están expuestas a todo tipo de bacterias y contactos indeseables, los pies viven en un iglú de protección y mimo, abrigados en invierno por calcetines gruesos y calzado robusto, sobrellevan el verano con algo de indefensión por culpa de las sandalias, que tanto daño e insensibilidad acarrean al meñique.

Por tanto, considerar más higiénica la palma de la mano que la planta de un pie no es más que la herencia de una época, la Prehistoria, en que ir descalzo era obligación y no moda, porque, pese a que los pies son de nuestra anatomía la parte más próxima al suelo, su envase permanente los convierte en criaturas débiles, propensas a pisotones, herpes y patadas, todo lo cual conduce a pensar que, en cuestión de siglos, serán pasto de las teorías darwinistas.

Decaído en importancia por permanecer debajo tras la emancipación del Homo Sapiens, el pie resiste sin holgura una época de desprecio, que se refleja en el lenguaje popular y que demuestra hasta qué punto denostar es un deporte. "Es más feo que un pie" encierra en seis palabras un sentir que nace desde dentro, una idea que condena al sujeto a un campo de exterminio situado más allá de la comprensión de los aceptables o de los benévolamente considerados menos guapos. Es una sentencia atemporal, que salta entre generaciones para describir a quienes nunca tendrán sitio en el corazón de quien la pronuncia.

Por su parte, "Me toca un pie" expresa el desdén en su forma más campestre. La chulería se refiere a una parte del cuerpo sin ton ni son, sin que la ubicación de esa parte justifique el afán degradante. Versión sin duda más grosera es "Me suda el pie", pero, en este caso, la literalidad gana al sentido figurado y lo único que se pretende es mostrar el grado de calor inhumano que da la playera.

"Pie de atleta", "pies de barro" o "pies negros" designan tres estatus distintos. El primero, aunque parezca ennoblecer a su poseedor, implica un padecimiento que sólo la botica cura, y que nace de "Me suda el pie". Los pies de barro desprestigian, humillan, y se emplean con frecuencia para transformar a héroes en fracasados. Los pies negros delatan origen social, y, en estos tiempos, formas de entretenimiento cercanas al botellón, Bebe y el diábolo.

Sólo me queda reivindicar el pie como figura imperfecta que llena de léxico nuestro argot, escaso de términos medios (se prefiere la palabrota para denominar lo odiado, y el epíteto, para ensalzar lo querido). El pie se mira cuando hay vergüenza, aburrimiento, arrepentimiento, cuando no se comparte el dolor de los demás pero se está entre ellos, y el bochorno de marcharse es superior a la fuerza de permanecer allí, con la vista perdida en un empeine. El pie es un refugio, un lugar al que llegamos sin pensarlo, un oasis para los diseñadores y una forma de vida para los podólogos. El pie, amigos, es movimiento, constancia, y merece tanto amor como una oreja o el cuero cabelludo, superficies que lo aventajan en lociones y cuidados. Demos vida al pie, compañero inseparable, amigo a distancia, territorio del callo.

¿Qué se le pide al día?

Si es bueno, que sea largo.
Si es malo, que se acabe.
Si es aburrido, que no se note.
Si es divertido, que dure siempre.
Si es cansado, que pase.

El de hoy fue malo y cansado, pero duró hasta ahora.