
Lo he vuelto a hacer. He vuelto a reírme de mi madre. No es que no la quiera, ni tampoco que piense que lo merece; es sólo que a veces hace cosas demasiado buenas para contenerse. Tragarse una carcajada seguro que produce el mal de Ashburn o cualquier otra enfermedad aún por investigar, y esas que están sin tratar son las peores, porque a nada te sacan en el telediario y entonces te pasa como a mi madre, que antes que compadecerse de ti, se ríen.
El caso es que a mi madre le encanta llevarse a mi padre de compras, y lo lleva a él porque mis hermanas y yo decidimos que invitarnos a cenar no era recompensa suficiente por recorrer con ella las peores tiendas de la ciudad. Con un gusto textil como el suyo, aún me pregunto de qué familiar remoto serán mis genes. Mi padre disfruta combinando azul y verde y rayas con cuadros, y mi madre ama las camisetas de lentejuelas, los calados y el rayón. Ninguno es un ejemplo a seguir; sobre todo, porque jamás miran la composición de lo que compran y porque suelen comparar la ropa de los cantantes con la suya. La verdad es que a veces me gustaría que renunciasen a ir a las rebajas y se pasaran a la compra por catálogo, donde ninguna dependienta tendría que morderse la lengua ante su falta de gusto y su absluto desprecio por la moda.
No me entiendan mal; no quiero que esto suene frívolo, porque yo adoro a mis padres. Ellos tienen cientos de cosas buenas, y hay pocos aspectos de sus vidas que servirían para chantajearlos, pero la ropa es uno de ellos.
La cuestión es que mis hermanas y yo decidimos no volver a opinar sobre sus compras, y mucho menos, ser sinceras si ellos se atrevían a preguntarnos. De todas formas, los hijos siempre tienen el 90% de probabilidades de dar la respuesta equivocada a sus padres. Está relacionado con la evolución, con el salto generacional o con el simple hecho de que discutir por estupideces es la sal de la vida familiar.

Resulta que mi madre se llevó a mi padre de compras –creo que eso ya lo había dicho antes–, y estuvieron todo el día dando vueltas de tienda en tienda. Mi madre, que suele coger todo lo que cree que puede comprar y termina comprando sólo aquello que cree que podrá pagar, estuvo a punto de perder a mi padre en un centro comercial con cafetería, porque él prefirió quedarse tomando un zumo y un cruasán a ver su desfile de faldas horrorosas. Por supuesto, mi padre no le dice esas cosas a mi madre, porque entonces ella le echaría en cara lo del azul con el verde y las rayas con cuadros, y entrarían en una discusión de esas que los filósofos consideran imposibles de solucionar, dado que ninguno tiene razón o, al menos, no hay uno de ellos capaz de demostrar más razón que el otro. Mi padre se durmió en la cafetería y el dueño cerró con él dentro, y mi madre creyó que lo habían raptado o que la había abandonado tras casi cuarenta años de próspero matrimonio. Avisó al guardia de seguridad, a su amiga Lourdes y a todas nosotras, y ninguna llegó antes de que mi padre saliera por su propio pie, usando la puerta de atrás, de la cafetería.
El caso es que ese día mi madre compró algunas cosas para el verano, época en la que, a partir de la talla 42, vestirse con decencia cuesta algo más que dinero. De todas sus adquisiciones, he de reconocer que la menos impactante era un traje de lino de color entre pistacho y amarillo ácido del que se sentía muy orgullosa por haberlo comprado a la mitad de su precio original. Mis hermanas y yo coincidimos en que, para haberlo elegido ella, no estaba tan mal, e incluso alguna de nosotras comenzó a albergar la esperanza de que su perenne deseo de meterse en la ropa más fea de un gran almacén se disiparía con la edad. ¿Había algo mejor que una madre jubilada y estilosa? Para nosotras, fashion victims declaradas, orgullosas de regalarle a cada empleado de Visa algún que otro céntimo de sus objetivos, aquélla era una noticia genial, y abría un auténtico universo de posibilidades: que pudiera, por fin, regalarnos ropa de cumpleaños; que las vecinas dejaran de bajarse las gafas de sol para verificar los tonos de su vestido; que terminasen las miradas de "pero ¿tú te has visto?" que nos dedicaba cada sábado por la noche...
Pero mi madre es como anotar un cinco y después rodearlo por debajo miles de veces para hacer que parezca un seis: por mucho que recorras la panza del supuesto seis, aquello seguirá siendo un cinco, y cualquiera que lo mire dirá "mira, ha puesto un cinco". Lo que quiero decir es que mi madre es un cinco, por mucho que de casualidad a veces parezca un seis.
Lo que importa para poder acabar esta historia es que se puso su traje de lino entre pistacho y amarillo ácido y, por primera vez en muchos años, decidí que salir con ella del portal podía no darme tanta vergüenza, así que nos marchamos juntas. Tal era mi felicidad por poder compartir su repentino paso a este lado del vestir, el lado en que mirarse al espejo es gustarse y no decepcionarse, que le propuse invitarla a desayunar. Mi madre, que no cuestiona nuestros cambios de parecer porque los achaca a la parte de su suegra que, por desgracia, habita en todas nosotras, se mostró encantada de pasear su modelito por el barrio, y enseguida me cogió del brazo, como si yendo más juntas se llegara antes.

Fuimos a una cafetería de barrio donde los camareros hablan poco. Yo lo prefiero, porque cuando alguien que no conozco se empeña en darme conversación, lo paso fatal hasta que consigo demostrar que no me interesa nada lo que dicen. Por eso ese lugar es perfecto para entrar con tu madre y que nadie comente, aun cuando repare en ello, que por fin ha dejado de darle la espalda a las tendencias.
Estuvimos desayunando tranquilamente, aunque es verdad que mi madre tenía prisa por marcharse a la peluquería, no fuera a ser que se le colaran todas las amas de casa del barrio y, de tanto estar sentada de esperar, se le arrugase el lino. Estábamos comentando la rabia que da que las telas más cómodas y saludables sean al tiempo las más delicadas –momento en que discrepamos por culpa del rayón–, cuando un grupo de unos diez hombres entró en el bar. Todos llevaban trajes de faena entre pistacho y amarillo ácido, y todos, como si un radar a su espalda hubiera detectado la presencia de una camarada no prevista, se giraron para ver a mi madre. Se hizo un silencio tan incómodo como el de toparte en un vagón de metro con alguien que lleva tu misma camiseta y no ser capaz de moverte más allá de dos metros para separarte de vuestra falta de originalidad, y mi madre decidió que aquello era demasiado humillante como para seguir prestándole atención y me sacó de allí casi a rastras.
Es verdad que los trajes eran muy parecidos, y que mi madre dejó de repente de ser un posible seis a ser un auténtico cinco, y también es cierto que no comentar los bochornos jamás hace que desaparezcan. Sin embargo, mi madre salió del bar aludiendo a lo desagradables que son los establecimientos hosteleros llenos de humo, y hasta dio la impresión de no sufrir lo más mínimo cuando pasamos junto a la furgoneta de la que habían salido aquellos hombres, donde su capataz guardaba herramientas vestido entre pistacho y amarillo ácido.
Mi madre ha colgado su mejor traje al fondo del armario y, por la forma en que ha dejado de hablar de él, mis hermanas y yo creemos que nunca lo volverá a sacar. La única razón por la que no lo tira es porque sólo el hecho de ver a algún indigente con su lino superaría la desgracia de ir vestida como una cuadrilla de conservación de parques y jardines.
La pregunta es ¿por qué la vergüenza –como el gusto– tarda tanto en despertar? ¿Por qué, cuando lo hace, una se siente como si olvidar aquello fuese imposible? Es mejor no preguntarle a mi madre, que ha vuelto a los calados y las lentejuelas, único refugio ya de su rubor.
* Las imágenes son de www.flickr.com (el cinco) y www.acclaimimages.com (el dado).